Gansos Bajo la Lluvia




Gansos bajo la lluvia

—¿Recuerdas lo que es correr hasta que los pulmones​ te estallen?— preguntó el viajero.
—No.
—¿Recuerdas lo que es que el corazón se te aceleré a mil por hora cuando veías a la chica que te gustaba? — preguntó nuevamente el viajero, su piel era blanca y sus ojos apenas y tenían un tono gris opaco.
—No. —contesto de nuevo el anciano 
—¿Recuerdas como se sentía cuando por primera vez dormiste con alguien? ¿Recuerdas lo que es tener sexo? — la voz del viajero no provenía de su boca, pues está no figuraba en su rostro.
—No y no
— ¿Recuerdas... —El viajero hizo una pausa —Recuerdas lo que es amar?
El viejo se quedó callado por unos instantes, como si tratara de atraer hacia el aquel recuerdo, aquel sentimiento
—No—contesto con tristeza
—¿Recuerdas a tus padres? — Siguió preguntando el viajero que estaba frente a él, hincado, de tal forma que su rostro se encontraba frente al viejo que parecía estar centado en alguna acera.
—No— contesto nuevamente el viejo sollozando, aunque no sabía por qué.
—¿Recuerdas lo que es la música?
—No —Sus manos se movían entre ellas, nervioso.
—¿Recuerdas que es la compañía de un ser querido?
—No.
—Bien, ¿Recuerdas a Botas? —Botas era el perro que el viejo tenía desde hace no mucho. Juntos caminaban por las calles día y noche. Ambos eran inseparables. Botas, había Sido un cachorro que el viejo rescató de morir de hambre al darle un pedazo de pan.
—No— El viajero lo miro con sus ojos grises que no mostraban empatía alguna con el sujeto a quien interrogaba
—¿Recuerdas a tu mujer? ¿A Rosita?
La mandíbula del viejo tembló antes de contestar
—No.
—¿Recuerdas a tus hermanos? 
Nuevamente el rostro de el viejo se llenó de lágrimas y apenas pudo contestar lo bastante fuerte para que el viajero le escuchará.
—No.
—¿Recuerdas a tus hijas?
El viejo lloraba a mares para entonces. No sabía lo que significaba todas esas preguntas y el por qué dentro de su ser le dolía tanto no recordar nada.
—No.
—¿Recuerdas algo de tu pasado antes de hoy?
El viejo enmudeció sus lamentos. ¿Que si recordaba algo? Eso ni el mismo lo sabía.
Recordaba lo que significaba las palabras que escuchaba pero no las identificaba. Había olvidado todo. Todo lo que lo volvía humano. Lo que lo hacía sentir vivo. Por qué ahora sin esos recuerdos no sentía nada más que dolor por el vacío que dejaba en su mente y alma. 
—¿Recordar algo?— pregunto por fin el viejo.
—Si, algo de ti, de tu ser, antes de este momento... ? ¿Recuerdas cómo llegaste aquí?
Por primera vez desde que ha la empezado el interrogatorio el viejo levantó la cabeza y miró a su alrededor.
Blanco, todo era blanco y no había nada más. Solo él y el viajero.
¿Que por qué sabía que su encuestador era viajero? Algo dentro de si se lo decía.
—No.
—¿No recuerdas nada en absoluto? ¿ Tu nombre tal vez?
El viejo medito antes de hablar, aún sentía el vacío en su pecho, pero en su pecho ya nada latía como antes, no había movimiento alguno, su piel era grisácea y fría.  Sus manos delgada casi llegando hasta los huesos y sus pensamientos lejanos.
—No.
—Perfecto —Dijo el viajero poniéndose de pie, él viejo lo siguió con la mirada y vio que a su espalda dos extremidades le salían , aunque iba desnudo  noto que aquellas extremidades salientes estaban emplumadas. <<Como un ganso>> pensó para si mismo, y al darse cuenta que había recordado algo lo repitió fuerte y claro para que el viajero lo escuchará
—¿Perdón? ? ¿Como dijiste?
—Como un ganso... Alas. —Dijo el viejo.
El sujeto de piel blanca y desnudo lo miro adsorto. El anciano lo miraba igual y noto la extensa cabellera larga y castaña del viajero.
—Como un ganso— repitió—Tus alas.
El viajero se volvió a acercarse hasta el anciano. Lo miro y noto algo que nunca antes había visto. Algo que podía pasar, pero jamás pensó que le pasaría a él. El viejo estaba recordando algo. Un hecho tan aislado que no estaba en los registros que el sujeto había leído antes del interrogatorio.
—¿Recuerdas a los gansos? — pregunto el viajero 
—Si. Aves, hermosas aves. Pico naranja y alas blancas y grises también. 
El viajero se extrañó aún más.
—¿De donde recuerdas a esas aves? — su voz había pasado de ser serena y segura a un tono más inseguro.
—De mi infancia.
<<Infancia>> pensó el sujeto con alas de ganso. <<El viejo no debería de recordar si infancia>> se dijo para si.
Se preguntó si debería de preguntar por la infancia del anciano pero si lo hacía eso podría traer más recuerdos que creía había eliminado antes del interrogatorio.
El viajero tragó saliva, aunque no tenía boca.
—Dime como, ¿como recuerdas a eso gansos?
El viejo había dejado de llorar, ahora una felicidad combinada con melancolía le invadía por dentro. Lo podía sentir en su estómago.
—¿Los gansos?
—Si, esas aves. Dime ¿cómo las recuerdas? — Preguntó nuevamente el viajero con temor a traer más recuerdos de lo que podía soportar el procedimiento que estaba obligado a realizarle al viejo.
—Los ví cuando tenía diez años, tal vez siete. Mi padre tenía un amigo, no recuerdo su nombre pero era un viejo rabo verde, o eso decía mi padre —El viajero no podía creer lo que escuchaba — Él tenía una...una...granja, si eso tenía. Llena de animales, toros, vacas, patos y cerdos, también tenía gallinas y un gallo, Capitán llamaban se llamaba el animal, y no muy lejos de sus terrenos había una laguna, donde a veces mi padre nos llevaba a nadar con los hijos de su amigo. Ahí fue que los vi. Crei que eran patos pero mi padre me dijo que no era así. Eran gansos, que a diferencia de los patos, estos eran más grande y pesados además de tener el cuello largo. Recuerdo que ese día empezaba a llover a cántaros, y a los gansos no les importaba nadar bajo la lluvia.
—¿Cómo recuerdas eso? —Dijo el viajero exaltado por como el anciano recordaba con gran exactitud aquel hecho de su niñez —Se supone que te he borrado la mente ¡No tienes recuerdos!
—Se sentía húmeda, la lluvia. Fría y tan húmeda que tuvimos que correr todos a la granja de don Ernesto. El viejo rabo verde. Sus hijos y nosotros, Ignacio, Patricio y yo fuimos los primeros en llegar y lo encontramos teniendo sexo con la vecina. Fue tan raro. ¡Yo no sabía que era eso!—Rio el viejo ahora más vivaz que antes—¿Puede creer eso? ¡Un chico de diez años no debería de ver a un hombre y una mujer copular a esa edad!
—¡Para! —Grito el viajero​ —¡Ahora mismo! ¡Te lo ordeno!
—Mi padre no sabía qué hacer, y el señor Ernesto ¡oh Dios, se puso tan colorado! La vecina grito como si nunca hubiera un mañana.
Ignacio, Patricio y yo solíamos hablar de ellos de noche cuando nuestro padre no nos escuchaba. El no soportaba que se tocará el tema y ¡oh mi hermosa madre que había muerto unos años antes tampoco lo hubiera soportado!
—¡Que pares ya!
—Al principio no sabíamos muy bien que era lo que habíamos visto pero pronto descubrimos que aquello era el placer más grande del mundo. Fuimos algo precoces pero no me arrepiento. Fue con Rosita, ¡oh mi bella Rosita!, ella tampoco lo sabía, pero no me tomes a mal, no fui ninguna aprovechado. Yo tampoco lo sabía la noche que ella y yo hicimos el amor. ¿Has de creer que no sabía ni cómo iniciar? Es decir lo único que había visto era un hombre y una mujer desnudos. Fuimos torpes lo confieso, de nuestra inexperiencia nació Rita, nuestra primera hija, el regalo más bello que pude tener, luego vinieron Lucero y Anabel. Mis preciosas hijas.
—¡Para ya Martín! ¡Alto! —Grito el viajero.
El viejo se quedó callado al momento. Aunque antes cuando el sujeto alado le había pedido que callase no parecía que hubiera forma alguna de que el anciano lo hiciera pero ahora al escuchar su nombre había guardado silencio.
<<¿Martín?>> Pensó el viejo. ¿Ese era su nombre?
—Viajero —Se escucho una voz por todo el lugar aunque no había nadie más ahí. Solo era el viajero y el viejo en la nada — Al parecer ha fracasado en su objetivo. Cómo sabe, las reglas para el procedimiento de defunción y reasignación son muy estrictos. El sujeto Martín Hernández ha podido recuperar sus recuerdos, aún cuando el procedimiento de borrado de memorias ha salido a la perfección. Es algo poco probable, pero no imposible. Por favor siga las reglas correspondientes y siga con el siguiente sujeto en espera.
La voz de desvaneció y el viajero agachó la cabeza como señal insatisfacción.
—Nunca me había pasado nada igual — Admitió el viajero. —Es sorprendente... Debo de confesarte que ha sido mi culpa. No debí llamarte por tu nombre, Martín Hernández. Lo siento. Disfruta de tu vida lo más que puedas. Prometo que para cuando volvamos a vernos estaré preparado. —Tras esas últimas palabras que salía de alguna boca inexistente de aquel viajero, este desapareció y pronto lo blanco se volvió oscuridad. 
El viejo sintió como era ahogarse al tomar una gran bocanada de aire, de vida. Su corazón volvía a latir en su pecho. Sus manos eran de nuevo de un tono vivaz y el calor de su cuerpo volvía.  
Se sentía nuevamente vivo.
Aquella noche llovía y aunque estaba bajo el refugio de su cuarto de láminas, pobre y vacío. Estaba a lado de Botas quién dormía pegado a el para no pasar frío. No había nada más. Sus hijas que tanto amaba ya no veían por él. Lo habían abandonado a su suerte cuando encontraron un marido. Y no las odiaba ni les guardaba rencor por ello. El simplemente las amaba y deseaba lo mejor para ellas. En ese tiempo tenia a su amada Rosita a su lado y un hogar pero años después su mujer enfermó de gravedad y el poco dinero que había guardado con esmero lo había ocupado para ayudar a su mujer a mejorar, incluso su hogar se había ido junto con su amada y esperaba que, aunque viviera de la misericordia de la gente y de los centavos que ganará recogiendo botellas y latas para después venderlas, su reencuentro en el más allá, hubiera que posponerse aún más. Amaba estar vivo. Sentir de nuevo la lluvia, sentir el calor de un ser amado como Botas y por supuesto, sentir el gran amor que sintió por su padre, hermanos, hijas y mujer siempre que pudiera recordarlos. Por que ese sentimiento que iniciaba en su flaco estómago lo llenaba más que cualquier comida, más que cualquier comodidad y por qué no solo se queda a en su estómago, este sentir se expandía por todo su cuerpo, por todo su ser y podía transmitirlo a otros. Aunque estos no hablarán su mismo idioma​.

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