En el azul —ya sea del techo luminoso que cada noche nos cubre o en la profundidad de nuevos mundos—, nuestros cuerpos dejan de ser una carga: el alma vuela y se expande.
Sus ondas crecen y alcanzan lugares más allá de los límites físicos. Nuestro único pensamiento es la intimidad de nuestros labios, manos y cuerpos abrazados en nuestra soledad.

Ahí, justamente ahí, fue donde prometí amarte una eternidad… o al menos hasta que el mar y el espacio se fundan en un solo azul de altamar.