Capítulo 1
Su alarma sonó justo cuando estaba tratando de encontrar una vía periférica palpable en el paciente. Iba tarde de nuevo. Aunque Clara sabía que su trabajo no le daba el lujo de llevar una agenda puntual, sabía que también era parte de sus encantos llegar tarde a todos lados. Pero no hoy, al menos había prometido que hoy no llegaría tarde, pero las emergencias solo suceden, sin tener idea de cuáles son tus planes. Era cosa del sector salud.
La ambulancia ya se había puesto en marcha y la zona por la que transitaban era algo rocosa y llena de baches y topes fantasmas, era de esperarse que hubiera cierto rango de dificultad a la hora de intentar canalizar al paciente, pero Emiliano era considerado uno de los poco paramédicos del Hospital Privado de San Judas Tadeo que tenía más habilidad para lograrlas bajo presión y en movimiento. Era una habilidad que le echaba encima al hecho de tener buena mano para sus hobbies, el retrato a lápiz y la pintura
—Va a sentir un pequeño piquete, no se mueva por favor — dijo y rogó por que el señor que llevaba en ese momento de traslado pusiera de su parte ya que al ser un adulto mayor y bajo su previa y vasta experiencia solían ser a veces los pacientes más difíciles y rejegos para atender, de pos si ya a su llegada les había hecho ver su suerte lanzando maldiciones a por mayor a todo aquel que intentaba acercarse a él.
Emiliano logró ingresar el catéter en la piel y con una meticulosa maniobra entro en vena mientras una gota de sudor empezaba a asomarse de su frente, pero no obtuvo retorno sanguíneo al momento.
—Mierda —se quejó para sí mismo y de inmediato empezó a maniobrar para lograr el retorno hasta que sintió la vena cedió— Listo, ya quedo Don Gabriel, con esto quedará como nuevo. —Mintió, jamás volvería a estar como nuevo, no después de la fractura de cadera qué tenía.
Media hora después estaba dejando a su paciente en la sala de urgencias del Hospital Privado de San Judas Tadeo. Un hospital lujoso qué a su gusto era demasiado caro para la paga tan codiciosa que recibía. Pero al menos tenía la facilidad de ver a Clara en sus ratos libres.
Ella es una enfermera pediatra en sus primeros años y él un paramédico emergente, se habían conocido año y medio atrás cuando Emiliano empezaba con sus prácticas y guardias. Un error de novato lo había llevado descuidar su área y terminar en medio de un accidente menor donde había salido con una fractura en el brazo que requirió cirugía y ella fue el ángel que vio al despertar y en ese momento se sintió atraído por ella, quizás hubiera sido el efecto de la anestesia, pero desde que la vio pensó en lo afortunado que sería si ella le aceptara una salida lejos de las paredes blancas y el olor rancio de la sala de recuperación post quirófano.
Al dejar a Don Gabriel y haber terminado de llenar los trámites decidió subir al restaurante del hospital en el piso nueve. Ni tiempo había tenido para cambiarse de ropa, pero sospechó que podría hacerlo en el sanitario del restaurante una vez que se encontrara a Clara. Al final llevaba una muda de playera siempre en su maletín de urgencias qué cargaba a todos lados.
Tan solo llegar al elevador dejo su maleta en el piso y se apresuró a tomar su celular, instintivamente presionó el botón del elevador mientras escribía un mensaje de texto para Clara.
“Lo siento, tuve un traslado, un viejo se ganó una cadera nueva”
Envió el mensaje con una sonrisa torcida en el rostro, sabía que aquel mensaje haría que su enfermera riera entre dientes, un instante después el elevador se abrió, el entró por puro reflejo sin prestar atención a su alrededor.
El elevador estaba vacío y cuando presionó el botón de piso nueve las puertas se pusieron en marcha para cerrar
—¡Alto! ¡Esperen! ¡Esperen! —Escuchó gritara a una mujer que corría hacia el elevador ya casi con las puertas cerradas.
Emiliano puso la mano en el sensor del elevador y las puertas se abrieron, ella entró apresurada al elevador y a su vida, por segunda vez.
Al momento no le reconoció, ella llevaba un vestido negro con toques rojos que enmarcaban la cintura y los pechos en un escote llamativo, su cabello castaño, ondulado y largo que le llegaba arriba de la cintura, al brazo una bolsa Gussi y gafas de sol a juego, parecía una mujer de alto estatus, una Miranda Priestly imponente e inalcanzable.
—Piso seis por favor — solicitó con un tono demandante y el paramédico obedeció al instante. Como de costumbre su personalidad noble y social lo obligaban a actuar.
Las puertas del elevador se cerraron y por el reflejo de estas Emiliano lanzó una mirada a la mujer, analizando con sutileza. Había algo en ella que le parecía familiar, ese color de cabello, ese perfume tan peculiar.
Ella le lanzo una mirada detrás de las gafas de sol que hizo que Emiliano bajara la mirada instintivamente, concediéndole un gesto de inferioridad como cuando eran adolescentes. Algo en ella lo hacía actuar de esa manera, pero ¿que era?
La mujer miró un lado y a otro impaciente, el paramedico notó la impaciencia de esta, como si estuviera a punto de salir corriendo en la siguiente parada del elevador.
Este se detuvo en el primer piso peor nadie entró y nadie salió y cuando empezó a avanzar de nuevo un fuerte sacudido los sorprendió. El elevador se había detenido entre ambos pisos.
—Esto debe de ser una estúpida broma — se quejó la mujer con un evidente fastidio en su tono de voz, y fue eso lo que hizo que el cuerpo de Emiliano se erizara por completo.
Un remolino de recuerdos le vino de golpe, detrás de él estaba Marina, su primer amor de adolecente y la causante de que su vida amorosa fuera un desastre hasta que conoció a Clara. Ahora ella estaba ahí, de nuevo, justo el día que había decidido prometerle matrimonio a su ángel. ¿Por qué?
Capítulo 2
20 años antes
“Respira profundo” fue lo único que pensé en ese momento. Y es que para ser sinceros a las siete de la mañana con trece minutos en un primer día de clases en una secundaria católica no te da mucho en que pensar. Pero ahí estaba, frente a un grupo de extraños. Chicos y chicas ajenos a mí, lo cual era bueno ¿no?
La primaria había sido un dolor de huev…insufible y me alegraba que esto fuera un nuevo inicio, pero no sabía si este capítulo de mi vida de tres años sería igual de terrible que los anteriores seis años de primaria o serían los mejores años de mi vida… No había quien delatara mi pasado en esa sala más que Javier, un chico tan diferente a mí, el popular de nuestra generación, carismático, atlético, de buenas notas, el chico modelo. Su presencia sola podía opacar a cualquiera. Y debo de aceptar que mi primer impulso ante la nueva vida que me esperaba en los próximos años era ser su amigo, al final de cuentas éramos compañeros, habíamos pasado seis años en el mismo salón de clase y mi esperanza era esa precisamente, que el tiempo juntos, aunque jamás hubiéramos compartido alguna clase de lazo o actividad, diera hincapié a una amistad. Dos solitarios en una nueva aventura que nos haría pasar de desconocidos a grandes amigos.
La maestra de química entro al salón y encontró un salón con veinte chicos y chicas en silencio, algunos parecía mas alivianados que ello, entre ellos Javier.
—Sillas en círculo por favor chicos— Exigió tan solo entrar con una minifalda café de cuero y una blusa negra, una chaqueta de cuero negra que apenas llegaba a cerrar el cierre por debajo de su escote. Tacos altos y libretas al pecho. Cabello largo y aun húmedo.
El sueño húmedo de muchos de mis compañeros. Debo decir que me entere de esto tiempo después en una plática muy incómoda en la kermes de fin de ciclo, el día que marco todo con Marina, el inolvidable y dolorosos “día de”
Casi al unísono los pupitres y aproveche para quedar a lado derecho de Javier, no iba a dejar que él se me escapara, era la oportunidad perfecta para hacernos amigos. Así que cuando todos volvimos a sentarnos en nuestros asientos intente hacer un chiste para romper el hielo, pero ¿qué iba a decir?
“¡Ey Javier, a que no creías que volveríamos a vernos después de la graduación!”
”¡Soy tu única opción confiable en el próximo partido de fut!”
No sabía que decir claro está. Evidentemente no era yo su primera opción para reencontrarse tras las vacaciones en esta nueva etapa y mucho menos era su primera opción de fut porque jamás jugué futbol en la primaria porque siempre me tenían en la banca y las pocas veces que entraba a la cancha terminaba con el balón en la cara.
—¿No está mal la maestra no? Yo si le daba —Lo escuche decir casi como un secreto cautivo en el silencio.
¿Me hablaba a mí? Javier había tomado la iniciativa de hablarme, el había dado el paso que yo tanto estaba ansiando dar. ¿Era posible eso?
—Sin duda— Respondí sin el menor cuidado de ser escuchado. Y tal cual caricatura de comedia de pastelazo mi voz resonó por todo el salón rompiendo el silencio espectral que inundaba el aula por la tensión que se vivía del primer día.
El salón repleto empezó a reírse, no por el contexto de lo que dije sino por la cara de susto que puse al sentir que la sangres se me iba a los pies.
Uno de mis planes de vida era pasar de inadvertido, pero con esto sin duda me había dado a conocer.
La maestra volteo a verme y supe de inmediato que ella sabía a qué me refería cuando le contesté a Javier. Su mirada me penetro el alma, era una mujer guapa y atractiva y seguramente escuchaba ese tipo de comentarios con más discreción que la mía.
—Silencio chicos, silencio—Pidió y las carcajadas empezaron a disminuir —Ahora, tu — Me señalo con una voz firme e intimidante— Ya que parece que estas muy emocionado por platicar en clase. ¿Por qué no inicias la dinámica y te presentas ante el grupo?
Tuve las ganas de contestarle que no. Que empezara otro chico o chica, que a diferencia de ellos yo ya conocía la escuela, aunque no esas aulas ya que los salones de la primaria se encontraban en el primer piso y los de secundaria en el segundo piso, pero no pude responderle nada más que un leve tartamudeo inaudible
—¿Qué esperas muchachito? — Me apresuro
“Respira, tu puedes” volví a decirme y con los testículos en el cuello abrí la boca.
—Me llamo Emiliano Pascal, tengo trece años— Y silencio nuevamente. Me quede en silencio sin saber que más decir.
—¿Y luego? —Preguntó con un todo ahora un tanto seductor como si le intrigara de cierta forma saber más de mí. Sabia a la perfección que ella había sido mi tema de conversación con Javier y ahora parecía tratar de ponerme más nervioso para que hiciera el ridículo. Aún más del que ya había hecho. — ¿Tienes algún hobbie Emiliano?
—Eh…—Intente decir algo, pero ¿qué? —Bueno…—Mierda las palabras no salían de mi boca porque ni siquiera sabía que decir. Ella parecía disfrutar mi nudismo. Había logrado probar que pese a su belleza no era una mujer fácil y que no iba a pasar por alto alguna falta a su persona. Logró imponerse y presentarse como una profesora capaz de controlar a un montón de adolescentes con las hormonas alborotadas y calientes.
—Le gusta dibujar y lo hace bien— Dijo Javier sorprendiéndome nuevamente. No solo había tomado la iniciativa de hablarme, ahora me ayudaba a salir del apuro.
Sin duda parecía que estaba decidido a ser mi amigo, o más que eso, cómplices.
La profesora se sentó al borde del escritorio cruzando las piernas y los brazos y nos lanzó una mirada acusadora a ambos
—¿Ah sí? ¿Y usted como sabe eso? ¿Acaso ya se conocían? —Inquirió tratando de mantener su dominio sobre nosotros
—Si. De hecho, íbamos juntos en la primaria y si no mal recuerdo hace unos buenos dibujos de Dragon Ball Z —Se defendió Javier
Lo que decía Javier no era mentira, como había dicho antes no era un chico al que le pasara cosas extraordinarias ni que tuviera muchos amigos, pasaba la mayor parte del tiempo metido en mi mundo y dibujaba para escapar del mundo real. Jamás pensé que Javier se hubiera fijado en mí y en lo que hacía, pero lo hizo y me había salvado la vida.
—¿Y usted como se llama? —Pregunto la maestra
—Javier Sanz— Contestó con toda la confianza del mundo, esa que a mí me faltaba, aquella que no tuve hasta que la vida de un paciente dependía de mí, de mis conocimientos y la firmeza de mis acciones. — Tengo catorce años y me gusta el futbol.
Cuando terminó, sin esperar a que le indicaran que tomara asiento lo hizo y yo seguí su ejemplo. Cuando el siguiente compañero se presente emboce un “Gracias” lo suficientemente bajo para que el solo escuchara
—No es nada —Contestó y no supe que más hacer más que mantenerme callado y ver como todos se presentaban con más confianza y audacia que la mía
Mientras seguía la presentación de mis nuevos compañeros me incline en la paleta de la banca, cruce los brazos y coloque la barbilla entre ellos viendo a cada uno de ellos, confuso por lo que había sucedido, pero de cierta forma entusiasmado por que Javier había hecho algo por mi después de tantos años.
Daniel, trece años, amante de los videojuegos, Carlos, doce años, amante de andar en bicicleta y recientemente interesado en cambia el maniobro y cambiar a una tabla con ruedas y convertirse en ser skater, Gabriela, trece años amante de los gatos. Y asi con cada uno de ellos hasta que fue su turno. Marina, trece años, cantante de closet.
Dese ese momento algo en mí se encendió y veinte años más tarde parece que aún sigue encendido en mí.
Capítulo 3
Una jodida broma sin duda, eso era. Hace doce años atrás Emiliano hubiera fantaseado con un reencuentro dicho de las novelas de Nicolas Spark pero no ahora, no ese día ni los días siguientes después de prometerse con Clara.
La amaba de eso no tenía duda, sus fantasías desde hace un año y medio eran con ellas, sexuales y a futuro, en todas y cada una de ellas, no había otra mujer con la que quisiera estar. Amaba su risa, sus chistes inteligentes, su forma de curar a los demás. La forma en que bailaba sin mucho ritmo o coordinación, su meticuloso día planeado con el más mínimo detalle. La amaba en crisis y en calma, amaba su tormenta mensual donde todo le molestaba y el dolor le ponía mandona, amaba su mirada somnolienta por las mañanas y su cabello largo alborotado en la almohada, amaba verla de uniforme blanco y sin este. La amaba de verdad después de tantos años de no darse la oportunidad de sentir algo por alguien, ella había entrado a su vida como un tornado destrozando todo lo que creía de sí. De cómo era el amor, amargo y doloroso, disfuncional y cruel.
Amarla a ella había sido una nueva experiencia, un amor dulce y picoso con notas amargas que sutilmente se colaban en el paladar, pero que no dejaban de estar ahí pese al dulzor. Así era el amor que quería y ese se lo daba Clara.
Su pasado con Marina había sido alocado lleno de mentiras y traiciones, de dolor y decepción. Un amor necio y toxico, uno en el que el veneno es tan dulce y adictivo que poco a poco va consumiéndote como una droga, una droga que había sido casi imposible de sacar de su piel, su mente y sus recuerdos. ¿Pero entonces por qué había vuelto?
Emiliano trago saliva, tratando de desvanecer los recuerdos y mantener la calma. Si fingía que no la reconocía el elevador volvería a funcionar en breve y él se bajaría en el siguiente piso, dejando atrás el pasado como creía que lo había hecho. Subiría al restaurante por las escaleras tratando de superar aquel susto escalón por escalón, se encontraría con pacientes, familiares y médicos, su mente se ocuparía en otras cosas y Marina quedaría nuevamente en el recuerdo.
Aunque claro, si ella estaba ahí era por algo, no por él claro, se había alejado de todos los contactos que pudieran tener en común, había estudiado una carrera como Diseñador Gráfico y lo había dejado después del sismo del 2019, cuando decidió cambiar su vida para siempre.
Pero ella estaba en el hospital donde trabajaba y por más que no quisiera pensar en ello, su mente empezó a intentar bocetar algunas teorías, pero no pudo ni siquiera concretar una cuando Marina dio unos pasos y cruzo su mano derecha directo al botones del elevador apretándolos con desesperación y un fastidio evidente en su presencia. Emiliano retrocedió intuitivamente, como si su cuerpo reaccionara ante el peligro.
—Vamos, reacciona de una vez —Le reclamó la al elevador mientras sus largos dedos seguían apretando cada uno de los botones.
Emiliano solo pudo observarla desde atrás viendo como la mujer que había amado en el pasado ni siquiera parecía recordarle en lo más mínimo. No supo muy bien como tomar aquello. Si alegrarse por que podría seguir fingiendo que él no la recordaba o sentirse triste porque lo suyo hubiera sido solo algo pasajero para ella. Algo fácil de olvidar sin importancia. Aun amorío simplón y sin significado.
Seguramente así fue para ella, aunque para él fue todo lo contrario.
—¿Te vas a quedar ahí o vas a hacer algo para que esta cosa función? — Su voz lo saco de sus pensamientos.
¿Lo había recomido de verdad? ¿Marina lo recordaba aun cuando habían pasado años y él había cambiado desde la última vez?
—Eh... — Balbuceo apenas intentando articular alguna palabra
—Eres bombero o algo así ¿no? Se supone que los bomberos saben qué hacer en estos casos —Marina se voltio y cruzo los brazos impacientes como era su costumbre cuando tenía que esperar a recibir algo. Odiaba que la hicieran esperar.
—Lo siento, no soy bombero, soy paramédico —Se disculpó y se dio cuenta de que no le hablaba por que lo hubiera recordado, al contrario, demandaba que alguien resolviera la situación lo más pronto posible.
—¿Entonces no harás nada? — Ahí estaba la Marina que recordaba, fría y caprichosa.
—Claro, permítame —Emiliano asintió con la cabeza y aguantando las ganas de gritar quien era. Pero solo pudo asentir y caminar hacia el teclado del elevador y apretar el botón de asistencia a emergencia.
Hubo un tono de llamada fastidioso que sonó en todo el elevador aumentando más la incomodidad en el ambiente. Pero nadie contesto.
—Mierda — Se quejó para sus adentros. — Se supone que debería de haber alguien que conteste estas cosas—Dijo casi como una disculpa que no debía de dar, pero aun así lo hizo. — Intentare llamar a alguien para ver qué sucede
—Por favor—Mariana también tomo su celular y marco a alguien —Cariño —Le escucho hablar con otro tono de voz ahora más dulce, como muy pocas veces la escucho hablar, eso le intrigo y no pudo evitar mirar de reojo, al par intento agudizar su oído para escuchar esa llamada —Estoy algo atorada en la clínica, tardare un poco más en llegar, pero no te preocupes, llegare antes de que empieces a extrañarme — Hizo una pausa y se arregló un poco el cabello, Emiliano la observaba con detalle tratando de descifrarla —En cuanto me libere de este contratiempo te aviso, ¿está bien amor?
Emiliano frunció el ceño. Escucharla hablar así le pareció tan ajeno, casi como una ilusión. ¿Alguna vez le había hablado a el de esa manera?
Marina colgó el teléfono y Emiliano se apresuró a apretar el botón de llamada. Llamo a su contacto de emergencias. Pero en el momento en el que escucho lo timbre que señalan que llamada está en proceso de conexión decidió colgar. La intriga se había apoderado de su ser nuevamente. Aquel impulso que usualmente lo metía en problemas volvía y de le peor manera.
—No contestan —Mintió y esa mentira abriría nuevas heridas que creía haber dejado atrás. Un impulso estúpido del que se arrepentiría pronto. O quizás no…
“Respira, tu puedes” Se dijo para animarse, como si se tratase de dar un paso al vacío con la seguridad de traer un para caídas en la espalda.
—Disculpa. Eres Marina ¿Cierto?
“Idiota” se regañó a si mismo sin decir palaba algún. Aun así, la pregunta ya estaba en el aire. Igual que el primer día.
Capítulo 4
20 años antes
Marina, Marina, Marina.
Me quedé con ese nombre grabado a fuego desde que lo escuché; no es un nombre común.
Marina, como el mar. Marina, como un misterio que apenas se vislumbraba con solo una frase: “Cantante de clóset”. Desde ese momento supe que quería saber más de ella. Eso, sin contar que algo en ella me cautivaba.
La miré desde mi silla, recargado en la paleta,
cómo se expresaba con esa seguridad, como la de Javier, tan vivida que
cautivaba. Su cabello ondulante y casi vivo, su mirada pícara, su expresión, su
todo. No me di cuenta cuándo terminó de hablar; en mi mente apenas había pasado
nada desde que la vi. Pero el timbre del cambio de clase me regresó al tiempo
real.
Terminamos la clase y pensé en ir a hablar con
ella. ¿Pero qué iba a decir? Nada. No tenía nada en mente, y así pasó el resto
del día, día tras día, sin apenas poder decirle más que un “Hola”.
Para final de la semana no podía creer que no hubiera compartido un par de
palabras más allá de un saludo cordial. Esto, sin duda, lo notó Javier.
—¿Y cuándo piensas hablar con ella? —me preguntó mientras estábamos en el
vestidor del gimnasio, preparándonos para la clase de deportes.
—No sé de qué hablas —solté, tratando de no hacer evidente que su pregunta me
había puesto nervioso.
La amistad con Javier empezaba a surgir. Después
del primer día, habíamos compartido el receso juntos y hasta nos conectábamos
en Messenger para platicar, sobre todo de anime: Dragon Ball Z, Pokémon,
Digimon, Los Caballeros del Zodiaco. Aunque yo veía más series y programas
en otros canales, como Canal 11 en su barra de programación Once Niños.
Incluso a veces navegaba de un canal a otro para estar al pendiente de ambas
programaciones y tener un tema de conversación con Javier.
—No te hagas, wey —sabía que mentía—. ¿Ahora me vas a decir que no te gusta? Se te cae la baba cuando la ves.
—Ni idea —seguí manteniendo firme mi mentira; ni siquiera me atrevía a levantar la mirada mientras ataba mis agujetas, con tal de no revelar lo que era obvio.
—Bueno, si tú no le piensas hablar, creo que Uriel se te va a adelantar —al escuchar esto, algo en mí hizo clic.
No había pensado en esa posibilidad y mucho menos en ese chico que apenas conocía. Es decir, fuera de Javier y Marina, mi atención no solía captar a nadie más que ellos y los profesores.
—¿Uriel? —pregunté casi como si con esa pregunta deseara que no existiera.
—Sí, me lo dijo apenas ayer. Piensa llegarle
antes de que acabe la semana. Mierda. La semana terminaba hoy mismo. Me regañé
por ser tan bobo y lento.
Cuando salimos a la cancha de futbol, el profesor Alastor —un nombre que relacionaba con lo místico y amable— anunció el juego del día. Anteriormente, en su primera clase, nos había dicho que el primer trimestre del año aprenderíamos a trabajar en equipo; por ello, el primer juego sería uno que se convertiría en mi infierno personalizado: Quemados.
—Para este juego —empezó a explicarnos el profesor con una voz demandante y de cierta forma burlona— necesitaré que se dividan en dos equipos, y como estamos en la semana de integración, yo haré los equipos. ¿Entendido?
El profesor no esperó una respuesta antes de seguir, aun cuando había un par de chicos que ya habían empezado a decir “Sí”.
—Tú, tú y tú, a mi derecha —señaló a Javier y a Marina dentro de esa primera tanda. La vi avanzar con seguridad; llevaba el uniforme de deportes rojo que la hacía ver encantadora. El contraste con su piel me cautivó.
—Tú, tú y tú, a mi izquierda —en esa tanda señaló a Uriel.
El profe siguió con la segunda tanda, y mientras él señalaba a los que se irían a la derecha con Javier, yo empecé a calcular en qué lado me tocaría con el patrón que llevaba el profesor. Éramos veinte alumnos, doce chicas y ocho chicos. Las tandas estaban quedando de un chico y dos chicas o dos chicas y un chico, aunque en algún punto quedaran dos chicas que asignaran una a cada equipo. Con esto en mente, empecé a contar mi turno. Pero antes de que analizara bien en qué equipo me tocaría, el profesor me señaló.
—Tú, a la izquierda.
Mi mundo se colapsó. Mi plan había fracasado. Estaba tan concentrado en mi conteo para quedar junto con Marina y Javier que no puse atención cuando Alastor cambió su forma de llevar las tandas.
Al final, me había quedado en el equipo de Uriel.
—Profesor—dijo este último, interrumpiendo mi pensamiento de desdicha—si lo que pretendía es que los equipos quedaran equilibrados, temo que no se logró. Aquí hay un chico de más y allá les sobra una chica.
Uriel tenía razón. No estábamos equilibrados. Esa era mi oportunidad.
—Es cierto —declaré a su favor—.
Lo justo es que yo cambie con una chica de la derecha.
Tenía que pasarme al equipo de la derecha para estar con ella, así podría
hablarle, tomar la ventaja.
—Está bien, ya, cambia con Marina.
Otra vez mi mundo se paralizó. Quise reclamar por
destruir mi plan nuevamente, pero no pude. No me salió ruido alguno. Marina
salió del grupo de Javier con las manos en la espalda, caminando alegre y
confiada. Por un segundo cruzamos miradas, me sonrió sutilmente y tomó lugar al
lado de Uriel.
La sangre me empezó a hervir cuando él la recibió con un abrazo que ella aceptó
sin ningún reparo. Los vi juntos y el estómago se me revolvió. Uriel notó mi
mirada y me dedicó una sonrisa burlona mientras empujaba a Marina hacia él.
—Emiliano, muévete —me exigió el profesor Alastor. En ese momento lo odié.
El juego comenzó, las reglas eran sencillas: Golpear al equipo contrario y evitar que te peguen. Fácil ¿No?
—Y pensar que por un minuto pensé que te le lanzarías en pleno juego — Se burló Javier.
El juego comenzó con los equipos nerviosos, excepto claro, Marina quien no dejaba de animar a las chicas, Uriel engallándose ante todas las chicas y retando a Javier y a mi con la mirada y esa sonrisa burlona. No se como alguien que físicamente es menos atractivo que Javier pueda tener esa confianza y soltura. Debo aceptar que al menos en un balance entre él y yo, la balanza se inclina por mucho hacia él. Moreno, de cabello negro, lacio ondulado con esos chinos al final, esa sonrisa torcida y esa seguridad, contra mí. Al menos la atura me daba cierta ganancia ante Uriel. Eso sin contar que al igual que Javier, ambos eran buenos deportistas. Yo no. Termine quemado tan solo miniar la primera roda.
−Vamos, sé que eres un tronco en deportes pero al menos sirve de algo y cúbreme –Me pidió Javier cuando fue a ayudarme levantarme del suelo, luego de ser humillado por Uriel en una bola curva frente a Marina.
−Como si fuera tan fácil – me queje.
Era la cuarta ronda y aunque mi amigo había logrado darle a Javier en la última ronda, estábamos en desventaja… bueno, más bien yo era la desventaja.
Javier y Uriel llevaban el mando en sus respectivos equipos, eso era claro. Así que era obvio la estrategia que los dos usarían, atacar uno al otro. Eliminar la amenaza más fuerte primero.
Durante las siguientes tres rondas me dedique a bloquear los ataques directos hacia Javier y observar los movimientos de Uriel. Era imparable. Tan solo iniciar el juego atacaba sin medida, su sed de victoria parecía ser su mayor fortaleza, esa seguridad desmedida también podía ser su perdición si tan solo supiera como usarla a nuestro favor.
Marina era buena, también, tenía buenos reflejos, y lograba sobrevivir hasta los últimos tiros junto con Uriel. En cada victoria el festejaba luciendo sus bíceps más pronunciado que los míos. Era claro que se ejercitaba. Y eso le llamaba la atención a las chicas y a Marina quien se dejaba abrazar y celebrar como si fuera la gran cosa este estúpido juego.
No podía permitir que empezaran a ser cercanos.
−Esta es la última ronda – Anuncio Alastor quien había estado muy entretenido viéndome caer cada ronda en los primero segundos. Lo había visto reírse entre dientes desde el suelo.
-Estamos dos puntos abajo, nos la jugaremos –Dijo Javier al equipo quienes no dudaron en apoyar la idea –Cúbranme y ataque a Uriel, si logramos sacarlo en los primeros segundos, los demás serán pan comido.
Tenía razón pero esa sabandija era tan ágil como el viento mismo. Era casi imposible darle a menos que…
Entonces se me ocurrió una idea loca
Empezó el juego, y todos sabíamos que hacer, en cuanto el silbato sonó un impulso me hizo actuar.
−¡Ey, Marina! – Grite su nombre, frente a todos, aun sin saber realmente por qué.
Uriel volteo al verme y sospecho lo que iba a hacer.
Marina también volteo a verme, sus ojos se clavaron en mí. Entonces actué sin ser consiente de nada. Mi mano apretó con fuerza la pelota en ella, mi brazo se alzó y sin poder detenerme lance el balón.
−¡No! – Lo escuche gritar. Uriel actuó también, y corrió para evitar que el balón le diera de cara a Marina, ella se cubrió y el chico lanzo su pelota para interceptar la mía.
De alguna forma algo dentro de mi sabía lo que hacía de manera inconsciente el plan funciono. Simplemente mi cuerpo actuó antes de comprender lo que hacía.
Mi pelota no llego tan lejos como Uriel y Marina pensaron. No tenía la fuerza ni el tino. Apenas se alejó unos metros de mí. Pero esa era la idea. Dejar que lo creyeran y dejar al Uriel si pelota, indefenso. Javier aprovecho el momento y con la fuerza y puntería que claramente a mí me faltaba quemo a Uriel. Habíamos ganado, o eso pensé hasta que otro chico le dio a nuestro tirador estrella.
−Se puso interesante− Se alegró el profesor cruzando los brazos.
De pronto en medio del caos supe que aunque mi plan no planeado había funcionado, seguíamos en riesgo. Así que corrí por un balón para apoyar a mi pelotón y cundo tuve una en mis manos, por fin puse atención a mi alrededor.
−Uno contra uno, final de película – Se volvió a reír el profesor de deportes.
Al final quedábamos Marina y yo.