Estaba decidida a terminar con mi vida en ese momento. No tenía interés en seguir adelante sin Kaley. Mi hijo.
No tenía sentido seguir viviendo sin él.
Conduje el Volvo viejo de mi padre sin saber qué pasaría si sobrevivía.
Simplemente apreté el acelerador hasta que clavé el auto en el lago.
Ni siquiera intenté soltar el volante, ni el cinturón de seguridad.
Solo dejé que el agua entrara.
Subió poco a poco hasta que llegamos al fondo. Este viejo auto y yo.
Dejé que las burbujas salieran por mi boca, hasta que sentí la asfixia.
Solo ahí intenté salvarme.
Me quité el cinturón como pude, solté el volante y abrí la puerta.
Saqué la mitad del cuerpo antes de perder el conocimiento.
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Cuando desperté, el mundo estaba desolado. Me encontré en el muelle de nuevo.
Escupí el agua restante de mis pulmones y seguí tosiendo hasta poder respirar con normalidad.
El sol me pegó de golpe en la cara y vi una parvada de patos silvestres volar.
A mi lado, Donney, el perro de mi padre, ladraba alegremente.
No lo noté hasta que me lamió el rostro.
Movía su cola eufórico y ladraba, pero aunque sabía que lo hacía, no podía escucharlo.
Le dije que parara, pero no me salió sonido alguno.
Me asusté.
Intenté hablar de nuevo, pero fue imposible.
No tenía voz, ni escuchaba sonido alguno a mi alrededor.
—¿Má? —escuché a alguien hablarme en la mente. A alguien inexistente.
—Má, no te espantes —volvió a hablarme. Giré en busca de él.
Lo vi en el lago, en su vieja barca.
Estaba de nuevo ahí, como aquel día, sentado, pescando tranquilamente.
Me miró y, con un saludo, me dio la bienvenida.
—Aquí no hay ruido, Má. Aquí no hay caos.
Su voz era serena, como cuando estaba vivo.
Podía escuchar de nuevo su voz, verlo de nuevo, y por fin comprendí.
Donney y él habían venido a darme la bienvenida a esta nueva vida.
No necesitaba hablar; no hay palabras más bellas que las miradas que nos dedicamos al reencuentro.
Mi hijo, yo, y por supuesto, Donney.