Mi padre dijo, antes de salir a la iglesia, que era una pérdida de tiempo, que no lograría nada con eso.
Lo compré por Amazon hace unos días. Vi en redes sociales cómo varios chicos salían a la playa con un detector de metales para buscar objetos que luego revendían. Se me hizo una buena idea: al fin de cuentas, es verano, no hay escuela y vivo, literalmente, en una playa.

Es de mi padre, una de las que tiene. No es rico, de hecho, es el pastor de nuestra iglesia. Un buen samaritano al borde de la muerte decidió heredarle su riqueza por la ayuda que mi padre, en su papel, le brindó.
"Actos buenos y puros traen recompensas inimaginables", me dijo la vez que me contó cómo fue que teníamos dinero y casas.

Me alegré, si no, no podría haber probado mi detector de metales.
En cuanto llegó esta mañana, me puse con ello. Solo esperé a que me dejara solo en casa y salí corriendo. Ya en la puerta, decidí hacer una pequeña prueba en el patio trasero, en los rosales y el huerto de papá. Le gusta cultivar y mantener sus flores. Pasa las mañanas allí, dedicándoles tiempo como si fueran sus hijas. Les dedica más tiempo a ellas que a mí.

“Seguro encontraré alguna moneda si paso el detector”, pensé.
En cuanto lo hice, me arrepentí. Sonó. Chilló, indicando que había encontrado algo.
A tientas busqué entre la tierra suelta, pero no hallé nada. Sin más remedio, y movido por la curiosidad, saqué la pala para escarbar.
Lo que descubrí me heló la sangre: una caja de metal, enterrada en el patio trasero, abrazada por las raíces de un rosal blanco.

La saqué como pude, tratando de no dañar el rosal para poder dejar todo como antes. Si mi padre se daba cuenta, me mataría.
Con esfuerzo y dedicación, dejé todo casi igual. Se notaba levemente la tierra removida y mi ropa estaba llena de polvo, pero no me importó. La curiosidad me envolvía, como si aquella caja me dijera: ábreme, descúbreme. Me llamaba de manera sobrehumana.

Con la pala rompí el candado que resguardaba lo que contenía adentro.
¿Una cápsula del tiempo? ¿Más riquezas?

La abrí. No oro ni plata.
Dentro encontré un arma embolsada.
La tomé con cuidado. Pesaba demasiado. Estaba helada.
Debajo, una serie de fotografías.

Las reconocí. ¿Era mi padre? Eran de su juventud, con mi madre.
Se veían felices… Jamás la conocí. Murió cuando yo era un niño. Viví solo con él desde entonces. Supuse que eran recuerdos.
Había más fotos de ellos. Incluso una mía de bebé con ambos.

Una imagen familiar tan bella… ¿por qué estaría enterrada con un arma?

Pasé de largo a las demás.
Y entonces, una me erizó la piel.

Era mi padre... con él mismo. Es decir, había otra persona igual a él.
Dos de él en la misma foto. Abrazados como… hermanos.
¿Era posible?

Seguí revisando. Otra foto. Y otra.
Con cada una, los años se iban en reversa: de adultos a jóvenes, luego niños.
Era mi padre... y un gemelo.

Entonces recordé algo.
Vivía solo con él porque no tenía abuelos, ni tíos, ni tías.
Todos habían muerto antes de mi nacimiento.
Eso me lo dijo él.
Y yo le creí…

Pero algo no encajaba.
Recordé su rostro justo antes de salir de casa.
Volví a la primera foto de ellos como adultos. Ahí estaba.
Uno tenía un lunar en la frente. Mi padre no.
Fui a la foto con mi madre. Ahí estaba el lunar…

Entonces escuché su auto estacionarse.
Me quedé paralizado.

¿Qué significaba esto?

No pude moverme. Una parte de mí sabía que tenía que correr, pero otra se quedó inmóvil.
Entró a la casa. Me llamó por mi nombre.
No respondí.
Escuché sus pasos dirigiéndose al patio trasero, detrás de mí.
Abrió la puerta corrediza.
Suspiró…

—Te dije que no lograrías nada con eso.
Ahora tendré que volver a plantar mis flores.
¿Cuál crees que te gustaría más? ¿Una bugambilia... o un cerezo?