Ser Leonard Octavio de Rivera en la obra Un Tulipán a la Vez era el sueño de mi hermano. El artista de la familia.
Desde que conocimos la obra en una puesta en escena que nos impuso ver la profesora de artes en la secundaria, quiso encarnar a ese personaje. Ser el mujeriego que vivía tres matrimonios a la vez, que por fortuna y castigo terminaba siendo padre de tres niñas casi al mismo tiempo, siendo descubierto en el día de triple nacimiento, abandonado y criando a tres muchachitas hermosas que protegía para que ningún otro hombre hiciera lo que él les hizo a sus respectivas madres. Engañarlas.
Es irónico que el engaño no solo se haya quedado en el libreto.
Yo, Esteban, el primogénito de la familia por 2.13 minutos, el calculador, recto y disciplinado, jugador de fútbol, terminé interpretando ese papel mientras fingía ser mi hermano menor: Jacobo, el sensible, optimista y desordenado hermano gemelo.
De cierta forma, se lo debía. Él terminó en coma por mi culpa.
Ser un gran deportista, tener el ego alto, es igual a ser un bravucón.
Así fue como logré que la bala que iba dirigida a mí le atravesara el pecho a Jacobo.
El enclenque que intentó asesinarme no sabía que tenía un hermano gemelo idéntico.
Casi pierdo a mi hermano por ser el polo opuesto a él.
Por eso decidí venir a su universidad, a la Universidad de Artes Frida Kahlo.
Tomé su lugar en las clases, imité su tono de voz, sus gestos, sus pensamientos, todo.
No era difícil. Solíamos hacerlo de niños. Nos gustaba confundir a mamá y hacer reír a papá...
Pero ella lo sabe. Kristal lo supo cuando me besó.
La novia que nadie conocía que tenía, lo supo en ese momento.
Supo que estos labios no eran los de mi hermano... y guardó el secreto.
No tuvo que decir nada, pero cuando sus labios se separaron de los míos y su mirada penetró en mí, lo dijo todo.
Me encubriría, seguiría fingiendo que soy él.
Siguió besándome, tocándome, amándome como a él.
Me acostumbré tanto al sabor de sus labios, a su cuerpo, a sus risas y a sus silencios
que ahora, que sé que Jacobo ha despertado,
soy yo el que desea que jamás lo hubiera hecho.
Soy yo el que desea los besos cómplices de Kristal.
Soy yo el que se enamoró del teatro.
Soy yo el que desea ser Leonard.
Soy yo el que quiere seguir siendo el artista de la familia.
Soy yo el que quiere seguir fingiendo con ella.
Quiero ser Jacobo,
tanto que la idea de volver a ser Esteban me repugna
de tal manera que ahora cargo un cuchillo ensangrentado.
El reflejo de este me llama, me despierta del trance.
Aunque con la sangre aún cálida y fresca, en el rostro apenas puedo reconocerme.
Al final... ¿quién es el que se refleja?
¿Esteban o Jacobo?
No lo sé, y de cierta forma, me encanta el misterio de saber quién soy.