Sangre en mis manos.

La sangre brota de mis manos.
Se siente bien.
Es cálida, fresca… deseable.

Nunca había sentido algo así. Es una sed que arde, que pide más.

No diré que lo disfruto. No.
No es propio de mí. No soy un matón, ni un bravucón. Solo soy un chico defendiéndose.

Aunque ahora ella —la sangre— me llama. Me atrae, ahora que la he sentido en la piel.
No es mía. Es tuya.

Durante años dejé que fueras tú quien lanzara los golpes.
Tú eras quien se saciaba viéndome sangrar.
Te gustaba atormentar a chicos menos fuertes, menos hábiles, menos valientes... a los que sabías que podías destruir.

¿Entonces esto que siento —esta urgencia por seguir golpeando, por ver cómo la sangre huye de ti por la nariz, por la ceja rota, por la boca— es lo que tú sentías?
¿Se sentía así de bien?
¿O solo me pasa a mí… al golpearte?

Ojalá pudieras responder, pero ya no tienes palabras.
Ni aliento.
¿O acaso ya perdiste la conciencia?

Debería parar. Lo sé.
Pero no puedo.
Se siente bien.

Al fin, después de años deseando ser como tú...
Fuerte. Imponente. Respetado.
Ahora lo soy. ¿No es así?

Nunca pensaste que un chico como yo entrenaría durante todo el verano. Que aprendería a defenderse.
Y mucho menos que te daría la paliza de tu vida.

Soy tu reflejo, recuérdalo.
Tú me creaste.
Me formaste con miedo, con odio.
Soy como tú.

Aunque a ti nadie te humilló antes. No en la escuela.

Sé que fue tu padre.
Que te golpeó.
Que te rompió por dentro aquella noche.
Que tu dureza fue solo un escudo para proteger al niño que perdió su inocencia.

Lo sé.
Y me dolió por ti.
Ningún chico debería pasar por eso.

Pero eso no te dio derecho a herirme.
A tocarme… como lo hicieron contigo.

Ese día juré que te detendría.

Y aquí estoy.
Tu sangre cae al asfalto desde mis manos.
Se mezcla con la mía.
Solo entonces noto que también estoy sangrando.

Y ese sentimiento, ese falso poder que me hizo sentir invencible… se desvanece.

Ya no se siente tan bien.

No después de entenderlo.
Fuimos víctimas y victimarios.
Somos iguales.
Y mi cuerpo lo sabe.

Por eso caigo.
Caigo a tu lado.

Y me permito dejar esto en empate.

Hoy nadie ganó.

Yo perdí al convertirme en alguien como tú.
Y tú, en alguien como tu padre.

Un abusivo.

Quizás, cuando despierte, vayamos a llenarnos las manos de sangre.
Sí…
De sangre de tu padre.

Solo así, acabaremos con este ciclo de abusos y sangre en las manos.