Antes de irte recuerda dejarle las cartas.
Sí, esas que guardaste con recelo por años debajo del colchón, en el cajón de la ropa interior, incluso entre los viejos libros de la escuela.
Ayer las recolectaste, buscaste cada una de ellas. Aunque tu movilidad ha disminuido en los últimos años y el dolor te cala los huesos cada vez que te mueves, lo hiciste.
Yo te dije que era una tontería. Que pronto vendría por él y que no tendría caso hacer tanto esfuerzo. Que en un par de meses —o de años, no más de un par de hecho— estarías de nuevo con él. Que solamente harías este viaje un poco antes...
Y sí, no puedo cambiar tu turno por otro. Ya te lo he dicho varias veces y, en lugar de fastidiarme con tu pregunta, me río. De resignación, supongo.
Te vestiste elegante. Debo aceptar que te ves guapo.
Quién lo diría… la primera vez que te vi, no creí que tardaras mucho en tomar este viaje. Pensé que vendrías a vivir conmigo ese día. Hice todos los preparativos. Preparé tu habitación, pero te aferraste a no dejar tu vieja casa.
A no dejarlo. A Norberto —o Norb, como sueles decirle.
Sabes, he estado siguiéndote la pista y siempre pensé que le darías esas cartas antes de viajar. Que te armarías de valor para visitarlo y decirle lo que sientes.
Que lo amas.
Siempre lo has hecho. Desde que se conocieron.
Su cuerpo fue lo primero que te atrajo. “Era puro músculo”, así lo describiste en una de tus cartas.
Lo sé, lo sé… eran privadas y no debí leerlas. Pero, en mi defensa, me moría de ansiedad por saber cuándo le dirías lo que sientes.
Aunque ambos tuvieron sus vidas después de la preparatoria… él siempre pensó en ti.
No sé si te ama como tú a él. Pero sé que pensaba en ti.
Lo sé porque uno de sus hijos, el mayor, se llama Virgilio, como tú.
La química entre ustedes siempre fue como ver un atardecer:
a veces muy vibrante y cálida, otras algo melancólica y lúgubre.
Él nunca aceptó quién era de verdad.
No es que no amara a su mujer, simplemente aprendió a amarla.
Jamás se amó lo suficiente para decir que era diferente. Le aterraba serlo.
Pero contigo, se permitió serlo aquel verano.
El verano en que todo pasó y todo acabó.
Él siempre piensa en esa noche. En los dos. En ese cuarto. En ese momento donde, sin decir nada y solo con mirarse, sabían que ahí era donde querían estar.
Sé que te dolió cuando tu padre se enteró y lo golpeó. También te golpeó a ti.
Pero lo que más te dolió fue ver cómo tu propia sangre aborrecía lo que ustedes representaban.
No es que no te amara… simplemente tenía miedo de la gente, del qué dirán. De no haber sido “suficientemente hombre” para educar a otro.
Después de ese día huiste de casa, y jamás volviste a verlo.
Él se odió por no parar aquella noche. Por casi llenarse las manos de sangre por miedo.
Sé que no es mucho a estas alturas de la vida, pero incluso se quemó las manos como castigo.
Creyó que así regresarías de alguna manera.
Siendo un padre viudo y con solo un hijo, su vida terminó en soledad. Y qué crees:
incluso en la muerte pensó en ti. En ti y en Norberto.
Deseó que hubieras tenido una buena vida.
Y mírate.
Tuviste una gran vida… aunque no con Norb.
Él no volvió a saber nada de ti, aunque le escribiste tantas cartas, aunque sabías dónde vivía, aunque pasabas por su casa constantemente y te estacionabas cerca, lo suficiente como para pasar inadvertido y verlo a lo lejos.
Lo viste ser padre, esposo, abuelo. Lo viste tantas veces.
¿Y te digo un secreto?
Creo que él sabía que estabas cerca.
Por eso siempre andaba sin playera…
Sabía que te gustaba su cuerpo, y a ti te ponía mal verlo así.
Sé que deseabas ser ella, su mujer, cuando ella lo abrazaba, lo besaba, lo amaba.
Lamento que no tuvieras el valor de amar a alguien más después de tantos años.
Que no hubieras tenido el valor de tocar a su puerta.
Pero creo que tuviste mucho más valor al dejarlo vivir su vida sin ti.
Por eso escribías cartas.
Porque tenías la intención de hacer algo, en algún momento.
—“Cuando sea el momento perfecto”, decías.
Pero jamás lo hubo.
Y ahora tenemos que irnos.
Tomar ese vuelo. Empezar una nueva vida.
Por eso las buscaste.
Por eso las ordenaste por fecha.
Y por eso estamos aquí.
Frente a su puerta.
Solo debes tocar y dárselas.
Pero te quedas ahí, parado, inmóvil, y el tiempo está encima.
Es como una cuenta regresiva.
10, 9, 8, 7...
Debes tocar, aunque sea lo último que hagas antes de partir.
4, 3, 2, 1, 0...
Tu cuerpo cae.
El infarto llegó.
Y por fin tocaste la puerta.
Y él abre.
A sus pies: mil cartas, miles de promesas guardadas,
miles que jamás pudiste cumplir, que jamás pudiste decir.
Lamento esto.
Como la Muerte misma, esta escena me ha roto el corazón.
Y eso que he visto miles de promesas perdidas en el tiempo.
Miles de Virgilio y Norberto por mi andar.
Pero llevo su amor en mí.
Como una promesa de que pronto, en un par de años, se reencontrarán.
Es una promesa.