—¿Bueno? —preguntó, aún sin dejar de masticar la hamburguesa doble carne y revisar qué compró por Didi—. ¿Bueno?

Repitió la pregunta, pero no obtuvo respuesta.
Solo un silencio incómodo.
Y de fondo, apenas audible, una respiración lenta.

Edén revisó el número en la pantalla del celular: Desconocido.
No había registro alguno.

Volvió a pegarse el teléfono a la oreja y apagó el televisor.

—Si esto es una maldita broma, juro que...

No terminó la frase. Un grito desgarrador salió del auricular.
Uno que había escuchado antes.

Soltó la hamburguesa de golpe, tragó lo que tenía en la boca y, con la misma fuerza con la que su corazón intentaba huirle del pecho, se puso de pie.

—¡Déjala! ¡Tómame a mí! ¡Déjala! —se escuchaba del otro lado de la línea. Esa voz tan desgarradora, tan… vivida.

Las luces parpadearon.
La atmósfera se tornó sombría, tan hélida como el filo del cuchillo que aún guardaba en la cocina.

—¡Déjala, déjala ir! —Otra vez esa súplica, gritada, rasgando el alma.

Soltó el celular. Lo dejó caer al suelo. Solo así los gritos se detuvieron. Incluso lo pisoteó, intentando callar la voz de Greta Carmona.
La madre de su hija.

Sus manos temblaban. El corazón le latía a mil por hora. El sudor en su frente le recordaba a la sangre. A la sangre de ella.

—¿Papi?

Esa voz tierna lo sacudió.

Alzó la vista hacia donde había escuchado a su hija. Y ahí estaba, parada frente al televisor.
Ese que hace un momento proyectaba un partido de fútbol…
Ahora solo mostraba estática. Ruido blanco. Como aquel día.

—Papi, ¿por qué aquí no hay señal?

No supo qué contestar.
Solo notó el vestido rosa pálido… manchado de sangre.
Sangre que aún goteaba.
Fresca, como cuando clavó el cuchillo en su vientre.

—Papi, ¿por qué no me soltaste? ¿Por qué no me dejaste ir?

Edén sintió que estaba a punto de orinarse en los pantalones.
Después de tantos años… ¿por qué aparecía ahora?

—Tú… tú... —se trabó al hablar mientras retrocedía, pero cayó de golpe sobre el sofá—. ¡Tú no eres real! —dijo al fin.

—Papi, soy tan real como todas las niñas en el sótano.

Hizo una pausa.
De pronto levantó la cabeza, con una sonrisa torcida que terminó por abrir los puntos que Edén había cosido alrededor de sus labios.

—Alégrate, papi… todas venimos por ti —rió.

Su risa, tan dulce y tierna, se quedó impregnada en aquella casa.
En cada rincón.
En cada pared.

Jamás se escucharon los gritos de Edén, así como tampoco se escucharon los de aquellas niñas.