Jalo aire con dificultad. Sus pulmones se esforzaban por ventilar, pero apenas y podía llamarlos pulmones. Estaban devastados.
Gus se lamentó por no haber dejado el cigarro, aun cuando prometió hacerlo. Evelin estaría decepcionada. Su amada esposa lo vería con desilusión, ahí, postrado en esa cama de hospital, sin compañía… y con unas flores marchitas acompañando la mesita de noche.
Estaba solo. No tenía a nadie. Alejó a todos de su lado con promesas vacías:
—“Llegaré a verte en tu baile.”
—“Venimos la otra semana.”
—“En la quincena te lo compro.”
—“Te prometo que es el último cigarro.”
—“Juro que te amo.”
Eran algunas de esas promesas que rompió, que no cumplió, que olvidó.
El humo del cigarro en su mano inundaba la habitación. Estaba prohibido fumar en el hospital… pero a él no le importó. Si iba a morir ahí, moriría fumando.
Jaló aire de nuevo. Otra vez fracasó. Sentía el ardor en el pecho… la presión latente, como una advertencia de que estaba llegando al final.
El dolor en el pecho se agudizó. Quizá por estar solo… o quizá solo por el tabaco.
Dio la última jalada al cigarrillo.
—Evelin… este es el último, lo juro —prometió, mientras su vida se apagaba.