¿Sabes?
Solía pensar que éramos uno mismo. Que no había forma de ser opuestos… ya que nacimos juntos, atados uno del otro.
No puedo alejarte de mí y tú no puedes desaparecer, aunque no te vea por momentos.
¿Somos siameses?
No… y sí. En cierta forma lo somos. Estamos atados uno al otro.
Pero a diferencia de los hermanos que nacen unidos por alguna parte del cuerpo, los dos suelen tener autonomía de pensamientos y acciones.
Claro que hay casos donde uno no lo tiene, pero al menos creo saber que la gran mayoría tiene dos cabezas, dos pensamientos separados por sus cráneos.
Nosotros no.
Y el resto del mundo tampoco. Ni siquiera los siameses. Todos tienen cola que les piden… o, en este caso, sombra.
Sí, eso soy. Tu sombra. Y tú la mía.
En mi mundo tú eres solo el reflejo oscuro que da el sol a mis espaldas.
En el tuyo, yo soy ese reflejo que te sigue siempre a donde vayas, que hace lo que tú haces, que no tiene voz ni voto.
Pero sé que sabes que eso que niegas ser —ese instinto asesino, esa sed de matar— está ahí, en tu cabeza, cada vez que te molestan en la escuela, que hablan de ti, que mienten acerca de ti o simplemente cuando te sientes atacado.
Yo soy quien piensa en matarlos.
Yo quiero matarlos. Hacerles daño.
Esa es mi naturaleza. Eso es lo que soy.
Pero tú… tu moralidad, tu miedo de aceptar que también lo deseas, me deja a tus espaldas, mirando cómo te haces pequeño, cómo dejas que te pisoteen.
En mi mundo yo soy lo opuesto a ti.
Cuando duermes, cuando no hay una luz que me refleje… es cuando soy libre en el otro lado.
Aquí tú, siendo mi sombra, asesinas, matas, lastimas.
Y te encanta.
¿O acaso crees que esos sueños tan vívidos son solo sueños?
Te has manchado las manos de sangre porque yo así lo he querido.
Lo hemos disfrutado.
Reído con cada llanto, con cada súplica.
¡Somos dioses!
Pero luego… la luz.
La bendita luz aparece y me convierto en espectador de una basura como tú.
A veces he intentado hacer que te mates.
Te he compartido esos pensamientos, al igual que mis maneras de matar a tus bullies.
Sabes hacerlo. Lo has hecho en sueños.
Nada te detiene, excepto tú.
¿Por qué no me dejas tomar tu cuerpo y arreglar las cosas?
Podrías ser un dios como en mi mundo.
La gente te temería y, por ende, te respetarían.
Tu cobardía es tu fortaleza.
Miles de otros ya lo han hecho, lo sabes.
Lees sobre ellos, escuchas sobre ellos en tus podcasts de asesinos seriales.
Ellos dejaron a su sombra tomar el poder.
Hicieron justicia.
Se hicieron de un nombre.
Pero tú…
Tu cobardía y moralidad apestan.
¿Qué tanto deben romperte?
¿Qué tanto debo yo hacerlo para que me aceptes?
No eres totalmente bueno, ni malo.
Eres un gris.
Un punto intermedio.
En ti hay tanta maldad como bondad.
Déjame salir.
Déjame llenarte de oscuridad.
Aceptarme solo será el comienzo de días de gloria.
Créeme.
Solo debes aceptarme.
—No.
¿Tu pensamiento? ¿Tu respuesta es un estúpido “no”?
Está bien…
Lo acepto por ahora.
Al final, la barrera que me separa de tomar la autonomía de ti… se quiebra cada día más.
Solo es cuestión de tiempo.
Solo deben romperte un poco más.