Grité, grité cuando llegaste.
Me inundó el miedo, la desesperación, un terror que pocas veces había sentido... No, jamás había sentido algo así. Fuiste más aterrador que la muerte de él.
Mis lágrimas se desbordaron por mis mejillas, fueron demasiadas. Estaba frustrada. Él ya no estaba para ayudarme, para salvarme del vacío que representa tu presencia. No es un vacío literal, es más la sensación de caer a un vacío. Sin salida, sin escapatoria, sin retorno.
Tu presencia, desde ese día que supe que estabas aquí, fue lo que absorbió mi vitalidad. No te lo reprocho. No podría. No ganaría nada. Pues tu presencia es atemorizante... Pero a la vez, me reconforta saber que en ti sigue vivo él, tu padre.
Eres su viva imagen. Los mismos ojos, los mismos gestos, las mismas costumbres que no sé de dónde las aprendiste más que de él...
Me hubiera encantado que te viera crecer, que te enseñara a jugar fútbol, a rasurarte esa barba que apenas y te sale desproporcionada. Te ves fatal, pero igual me recuerdas a él cuando lo conocí.
Cuando lo vi, jamás imaginé amarlo tanto.
Lo amo aún después de que ya no está. Su sacrificio nos permitió vivir, me permitió ser tu madre.
Nos salvó la vida en ese accidente. Aun cuando no tenía fuerzas, aun cuando la vida se le escurría por las manos.
¿Serás la mitad del hombre que él fue?
Yo espero que sí.
Eres su viva imagen.
Eres su hijo, Ezequiel. Como él.