Un golpe contra la ventana me despertó.
Me había quedado dormido de regreso a la universidad.
Recuerdo que había sido semana de exámenes finales y que había pasado muchas madrugadas en vela estudiando.
Miré a mi alrededor. El vagón estaba vacío. Miré la hora: 11:10 de la noche.
No me sorprendió estar tan tarde en el subterráneo; era normal. Estudiaba por las tardes, mientras que por las mañanas trabajaba en el local familiar.
Estaba llegando a mi estación. De alguna manera, siempre me las había arreglado para despertar justo antes de pasarme.
Me levanté y tomé mis cosas mientras las puertas se abrían. Me encaminé hacia la salida y, justo antes de cruzar la línea, escuché una voz:
—Martín —me llamó.
Me detuve y giré para ver quién me hablaba.
Mi sorpresa fue ver que, en efecto, estaba solo. Y cuando vi el reflejo, lo noté.
Ahí estaba: mi padre.
La puerta se cerró a mi espalda y giré de nuevo, exaltado.
Seguí solo mientras el tren empezaba a avanzar.
Primero lento, como de costumbre, pero poco a poco aumentó la velocidad. Cada vez más rápido.
La inercia me lanzó al suelo. Apenas entendía qué pasaba. A mi alrededor, todo empezó a tornarse de un color azul metálico. Rayos salían desde el frente del tren, dejando un haz eléctrico a su paso.
Una luz cegadora lo cubrió todo y me dejó ciego por unos minutos.
—Ya llegamos —lo volví a escuchar.
Giré, y ahí estaba mi padre, con la barba crecida y el cabello más canoso.
El corazón se me apachurró.
Llevaba seis años desaparecido. Lo buscamos por todos lados y nunca apareció. Simplemente se desvaneció, y jamás volvió a casa.
—Hemos llegado a casa, Martín —dijo con alegría.
—¿A casa? —pregunté, sin entender nada.
—Sí, Martín, a casa. Bienvenido a Neverland.
Esa misma noche desaparecí como él. Dejé a mi madre y a mis hermanas. No volví a casa.
—Solo los hombres podemos entrar. Tranquilo, tu madre estará bien. Tus hermanas también. Solo que ellas no pueden venir con nosotros.
No supe qué decir, y mi padre lo notó. Así que siguió hablando:
—Tranquilo, hijo. No te pongas triste. Tu hijo también vendrá cuando cumpla la mayoría de edad.
¿Mi hijo? ¿A qué se refería?
—Oh, ¿no lo sabías? —se rió entre dientes—. Siempre has sido tan despistado.
Sus palabras me atravesaron el pecho. ¿Tenía un hijo? ¿Acaso era verdad cuando Katia me lo confesó?
Me dijo que estaba embarazada y yo simplemente no le creí. La llamé mentirosa. Le dije que era una excusa barata para atarme. Simplemente la abandoné.
—Se llama Matteo. Tiene año y medio. Se parece a ti.
Matteo... Ese nombre siempre me gustó