¿Recuerdas esa canción que cantábamos cuando eras niños? ¿O esa película que solíamos ver juntos?
Yo sí.
Recuerdo que también nos encantaba jugar en el parque a las escondidas, en la resbaladilla. Incluso subíamos los toboganes... hasta que te caíste. Lloraste mucho. Lo recuerdo bien, y sé que tú también. Aunque eras solo un niño pequeño.
También recuerdo que solía llevarte al kínder. Te gustaba ir saltando por la acera sin tocar las líneas. Si lo hacías, alguien moriría. Jamás murió nadie por pisar una grieta, pero tú lo creías firmemente, tanto que incluso yo empecé a caminar así sin darme cuenta.
Te gustaba también ir en bicitaxi de regreso a casa, o pasar al tianguis. Siempre nos deteníamos en el puesto de películas, porque te encantaba sumergirte en nuevos mundos. Te encantaba soñar despierto.
Recuerdo también que, al regresar, te esperaba tu comida tibia en la mesa. Solo era cuestión de llegar, dejar tu mochila, cambiarte, lavarte las manos y sentarte en la sala, frente al televisor, a comer. Luego tomabas tus libros de dibujo y coloreabas, o dibujabas en los márgenes del marco formas que no entendía… pero eras feliz. Y cuando me explicabas tus dibujos, solía fingir que los entendía. Eran solo números, formas y garabatos.
Al crecer… algo cambió.
Dejaste de ser ese niño. Como si nunca hubiera existido.
Alguien rompió algo dentro de ti.
Dejaste de imaginar. Empezaste a mirar la realidad cruda y violenta que te rodeaba.
Dejaste de dibujar, y ahora solo entrenabas para pelear.
Dejaste de reír, para gritar.
Dejaste de llegar a casa a cenar.
Cuando te ven, no ven lo que yo.
No ven al niño gentil que pensaba que alguien moriría por pisar una grieta en la calle.
Ven a un asesino que mató a sus compañeros de clase a golpes.
No ven tu sonrisa. Ven la sangre de otros en tus manos y en tu rostro.
No ven tus garabatos como yo los veía, tiernos y sin contexto.
Ahora los ven como señales de un trastorno.
No ven la verdad detrás de tu máscara de demonio.
Has hecho tanto mal que es difícil… no, imposible, verte como lo que eras… o eres.
La verdad, teniendo este cuchillo en mi vientre, sangrando y perdiendo la fuerza mientras intentaba abrazarte y detenerte...
Creo que comienzo a creer que mi verdad está errada.
¿Ángel o demonio?
Quizás no hay una verdad absoluta, o no exista.
Todos te ven como alguien a quien solía cuidar.
Todos te temen.
Todos mueren en tus manos.
Pero creo que si una sola persona te recuerda como aquel niño noble, esa será parte de toda la verdad.
Aunque para nadie más sea la verdad.
Quizás alguien pisó tantas veces tus grietas que, al final, alguien sí murió.