La mesa tembló, como si un sismo se presentara súbitamente, pero nada más en la habitación se tambaleó.
Las velas se apagaron y dejaron humeante la mecha, como recuerdo de la luz que se perdió.
El televisor al fondo perdió la señal, y un aire gélido abrazó a Martha.

Sin poder moverse, y con las manos sobre el tarot, lo vio salir. Tomar forma en la bruma.
La ofrenda había servido.
Un corazón humano, un poco de hierbas aromáticas, una firma del finado y un objeto del mismo.
Era él.

Lo reconocía aún después de la muerte.
Se alegró de verlo una vez más.
No había podido despedirse antes de que su marido falleciera, y ese ritual le dio la oportunidad de reencontrarlo.

Un ritual salido de las redes sociales.
Uno que había funcionado.
Uno que la había matado.

Sin saberlo, su corazón se había parado. Su cuerpo inmóvil ahora yacía en la silla.
Su alma era la que había trascendido. Por eso lo veía. Por eso pudo abrazarlo.

Ambos ya no estaban en este mundo.
Y a ella no le importó.