CAPÍTULO 5
—Clara
¿puedes ayúdame con una punción? — La voz de Maru sonó desde el otro cuarto.
—Creí
que eras la mejor en canalizaciones, nena —Clara contesto con cierta burla
mientras ayudaba a uno de sus pacientes a recostarse de nuevo en su cama
—Lo
soy, no lo dudes, solo te estoy dando el honor de ayudarme, un poco. Ya sabes,
hay que mantenerse humilde.
Clara
voltio los ojos con una sonrisa torcida.
—Dame
un segundo y estoy contigo Maru — Hizo una pausa luego le sonrió a su paciente.
Le ayudo a cubrirse con las sabanas – Lo veo más tarde, si necesita algo no
dude en llamarme
Clara
dejo a su paciente y paso por toda la habitación revisando que no hubiera
dejado ninguna de sus herramientas fuera de su sitio. Desde el baumanometro
hasta la pupilera. Cruzo el pasillo sin ni siquiera mirar, estaba tan
acostumbrada a estar en esa área de piso que no necesitaba mirar hacia donde
iba. Sus pies se movían por instinto.
Cuando
entro a la siguiente sala llego hasta donde su compañera la espera sosteniendo
el brazo del paciente a canalizar, haciendo presión en la zona donde ella había
intentado canalizar al paciente.
—Bueno,
aquí estoy, para salvar tu humilde… —hizo un pausa al levantar la mirada y ver
al paciente que se encontraba recostado, vestido de traje negro y camisa vino,
mirándola con una mirada risueña, provocativa y de cierta forma un tanto
siniestra — ser —Termino la frase mientras le dedicaba una mirada de
reprimiendo a su compañera.
—Buenas
tardes Clara — le saludo el sujeto con la sonrisa de alguien que se ha salido
con la suya.
—Señor
Quintana… ¿De nuevo aquí? — Pregunto tratando de no sonar molesta.
|—Examen
de rutina, ya sabes. Mi agencia me los pide cada vez que piensan mandarme al
extranjero por trabajo.
—Debe
de ser muy bueno en su trabajo para viajar cada tres meses al extranjero
—Y
no solo en mi trabajo —Soltó de pronto, como si quesera provocar en clara una
curiosidad casi seductora
—Me
imagino que mayormente los exámenes son para asegurarse de que no se ha
contagiado de algo durante sus estadías fuera de casa.
—Exacto,
pero sabes, me cuido mucho en ese aspecto. Aunque a veces las tentaciones son… —
Hace una pausa mientras su mirada recorre el cuerpo de Clara— superiores a la razón.
Clara
sonrió incomoda.
—Bueno,
veamos — Dijo rompiendo el silencio de incomodidad y se colocó al lado contrario
de su compañera Maru — Intentare de este lado, por favor abra y cierre la mano.
—Claro,
yo flojito y cooperando —Sonrió nuevamente, hasta que sintió el catéter
dieciocho entrar en vena.
—
¡Listo! — Anuncio Clara con cierto aire de satisfacción –— Ahora, mi compañera
terminara el trabajo yo hablo con mi novio por teléfono — Dijo tratando de
frenar las intenciones del sujeto de traje.
—Espero
que tu novio sepa lo afortunado que es al tenerte. — Soltó el paciente de
camisa vino.
Se detuvo un momento para respirar hondo.
—Señor
Uriel, le aseguro que mi novio lo sabe y no me tiene, no soy un objeto de
posesión ¿Ok? Ahora si me disculpa, debo atender a otros pacientes.
Cuando
Clara cruzo el umbral de la puerta, una sensación de alivio le recorrió el
cuerpo. Fue como una corriente eléctrica que le erizo la piel. En su trayecto
como enfermera habían existido varios pacientes ojo alegre como el señor
Quintana pero el en especial le daba una sensación de inquietud. Quizás era la
seguridad con la que se presentaba, siempre de traje y bien vestido, con ese
aroma a café amargo característico o esa mirada de cazador que la ponía
nerviosa, como si fuese la presa predilecta de un animal salvaje.
Maru
salió momentos después con la cara
apenada y tratando de articular una
disculpa
—No tenía idea de que se iba a
poner así, yo solo pensé en que sería divertido…
— No, no fue divertido Maru— le
interrumpió Clara con un tono molesto, autoritario pero cortes — sabes que ese sujeto cada vez que viene a sus
chequeos mensuales se pone en ese plan de macho, todas mías — hizo un pausa y
de nuevo lleno sus pulmones de aire, para después exhalar con control toda la
frustración que había sentido durante su interacción con el señor
Quinteros — Tengo novio Maru — pronuncio
casi como si estuviera cansada de recordárselo a todo el mundo — no necesito
estas cosas. No es correcto ni profesional ¿Entiendes?
—Lo siento Clara —Se disculpó Maru
con el mentón caído y las manos en las bolsas delantera de su filipina —Aunque en mi defensa — y ahí estaba de nuevo
la bendita disculpa no disculpa de su amiga — El señor Quinteros es un
partidazo
—Y tiene esposa ¿o no escuchaste
eso?
—Una esposa que nunca esta. Hasta
no ver no creer y pues yo lo veo soltero…
—Entonces ve y coquetéale tú, a mí
no me metas en esos juego cupido.
Clara continuo su camino sin mirar
atrás. Aun notaba la incomodidad en el aire, así que decidió darse unos minutos
y pasear por las habitaciones del piso de Hematología. Saludando a los
familiares y pacientes con amabilidad mientras el malestar se desvanecía. Pero
no fue hasta que su celular sonó con ese sonido tan característico de
notificación que le había puesto al contacto de Emilio. Un sutil sonido como el
de un Tamagotchi de los noventa.
¨Ya
que una sirena de ambulancias puede poner de nervios a cualquiera, ¿Qué te
parece un Tamagotchi?, esos también se mueren si no los atiendes… como yo sin
ti¨
Recordó las palabras de Emiliano
cuando decidieron que tonos de notificación usarían para saber que eran ellos
buscándose.
Sonrió al ver la notificación en la
pantalla, deslizo el dedo con rapidez para leer el mensaje.
“Lo
siento, tuve un traslado, un viejo se ganó una cadera nueva”
Aquellas palabras le
hicieron olvidarse del señor Quinteros, y recordó la cena que habían programado
para ese día. Sin duda estaba ansiosa por qué el turno terminara.
— ¿Qué te puso tan contenta mi
niña? — Aquella pregunta la saco de sus pensamientos
—No es nada señor Pablo. ¿Cómo está
usted? — Cambio el tema con rapidez
— A mí no me engañas Clara — Le regaño
el anciano con cierto tono con el que un padre le habla s sus hijos para darles
un consejo de vida — Es el paramédico ¿no?
—No se le va ni una ¿verdad señor
Pablo? —Contesto Clara con una sonrisa torcida.
Hacía ya un par de meses que
conocía al viejo y con su estadía casi permanente ahí, habían conectado. Sobre
todo porque Emiliano se había encariñado con el señor. Solía pasar a verlo
constantemente después de su turno, mientras esperaba a que Clara terminara sus
deberes.
—Ese chico está loco por ti ¿Lo
sabes? — Dijo con tanta certeza que la chico no pudo evitar ruborizarse — No me
sorprendería que pronto te pidiera matrimonio.
— Ay señor Pablo, hágame la buena —Rio
con cierta felicidad notable en ella. Casarse con Emiliano era algo que ya
había pensado constantemente en los últimos meses.
—Pues si no lo hace, sería un
tarado. Y tendría que parame de esta cama para ponerle una pistola en la
entrepierna y obligarlo a que te despose hija.
Clara rio nuevamente.
Casarse… ¿Acaso el señor Pablo
estaba insinuándole algo?
El celular de Clara volvió a sonar,
era una llamada del paramédico, pero antes de poder contestarla, la llamada se
cortó.
¨Error
de dedo¨ pensó
para sí misma, luego siguió con su rutina, no sin antes despedirse del anciano.
CAPITULO
6
20
años atrás
—
¡Eres un imbécil! —Grito Uriel al
terminar la clase de deportes, claramente molesto y con el puño cerrado en
dirección a mi cara.
Mi reflejo heroico
fue el de retroceder hasta llegar a los casillero, Uriel venia hacia mí,
enfurecido como toro en palenque. Solo pude encogerme de costado en espera a
ser golpeado.
El golpe seco
llego, y el estruendo contra los casilleros del vestidos fue tan fuerte que
hizo que el mundo a nuestro alrededor cayera en un silencio sepulcral.
Cuando
abrí los ojos, Uriel estaba en el suelo con la mano que en la mejilla
incrédulo, a mi lado Javier con el puño aun en alto y en una pose de boxeo, con
la espalda desnuda y la playera en el cuello, como si de pronto a medio vestir
hubiera corrido a defenderme.
—
¡Son unos idiotas! — Grito Uriel mientras se ponía de pie
—
Eso parece pero si crees que voy a dejar que golpees a un escuálido como Emilio
nomas porque te engaño en el partido de quemados, el idiota eres tu — Dijo Javier
sin ni siquiera mirarme.
—Vamos
chicos, es hora de ir a su salón — Interrumpió el profesor Alastor desde el
marco de la puerta apenas regalándonos una mirada. —No me hagas ir por ustedes
de la mano.
Uriel
nos miró con recelo antes de darnos la espalda e irse al salón. Javier sin
mirarme se alejó hacia su casillero para terminar de cambiarse.
—Emiliano—Escuche
llamarme —Eres un idiota —Dijo entre risas — Le diste la victoria a una chica y
te ganaste un enemigo, no te lo voy a aplaudir, pero debo de confesarte que
para ser tú, no está mal. Al menos Marina ya sabe quién eres.
Las siguientes clases
transcurrieron con cierta normalidad, la incomodidad latente entre Uriel y yo se mantenía a flote con cada mirada
cruzada o indirecta, pero sin llegar a algo físico. Al parecer estaría salvo
siempre y cuando tuviera cerca a Javier. Aunque aún no me quedaba claro el por
qué me había defendido. 0 Aun no me adaptaba a que fuéramos amigos y menos de
ese tipo de amigos que pelean las batallas de otros… y Javier ya me había
salvado dos veces.
La campana de la salida
sonó, y un nerviosismo extremo me invadió, estaba seguro que Uriel me esperaría
en la salida para terminar con esto. Lejos de Javier. A diferencia de mí, los
padres de Javier eran unos padre presentes, su padre lo traía a la escuela
todas las mañanas y a la hora de la salida se madre venía a buscarlo, por mi
parte, los míos trabajaban y yo tenía
que regresar a casa antes de las dos y reportarme por teléfono.
Intente no sepárame de el
en ningún momento mientras venían por él. Pero era imposible no sentir la
mirada constante de cazador acechando a su presa. Pero no duro mucho, la madre de Javier se
vislumbró en la esquina y camino hacia nosotros. Una mujer a sus treintas
amable y de cabello rojizo, ella nos miró y saludo desde los lejos.
—Si vas a huir, te
sugiero que empieces a correr ahora— me advirtió Javier y como alma en pena,
espere a que su madre estuviera frente a nosotros y en cuanto me cubrió su
figura, gire para emprender el vuelo… pero apenas di el primer paso tropecé con
ella y ambos caímos al suelo.
Marina, yo y una caída
que sin duda llamo la mirada de todo, cuando lo que más quería era pasar de
inadvertido e huir.
—
¡Auch! — Soltó al caer conmigo encima
—
¡Lo siento mucho! — me apresure a pedir perdón y levantarme, el color de mis
mejillas había cambiado a un color rojo intenso, lo sabía por qué sentí como el
calor de mi cuerpo se concentraba en ellas.
El
mundo a mi alrededor permaneció expectante y burlón. Mi pesadilla se había
hecho realidad: ser el foco de atención.
Mire
a mi alrededor todos me miraban, no, nos miraban. El chico más torpe e inseguro
y la chica más linda de primero. Incluso la mamá de Javier parecía divertirse
con la escena, el por su parte reía entre dientes con una mezcla de
incredulidad ante el incidente y risa burlona. Uriel a lo lejos parecía echar
uno por la nariz.
Sin
saber muy bien que es lo que hacía le extendi la mano a Marina y ella la acepto
apenada y de cierta forma divertida. Su mano y la mía, nuestra primera interaccion
física, claro el choque previo no contaba. Senti que todo mi ser sudaba y ese
sudor se encontraba en mi mano, solo en esa mano que sujetaba ella.
—Lo
siento —Me disculpe de nuevo
—No
te preocupes, fue un accidente ¿Cierto? —por supuesto que había sido un
accidente, quería decírselo pero en vez de eso...
—O
el destino — imbécil, eso era, un imbécil.
Hubo un silencio incomodo, uno que no duro mucho en
realidad pero para mí duro décadas, en su mirada pude ver como intentaba
encontrarle el sentido a lo que dije. No lo tenía, claro que no, el destino no
existe.
—Sí, claro el destino— dijo entre risas costadas-
—No, bueno, no quería decir… no es que piense que tú y
yo… o algo parecido es solo que… ¿Qué probabilidad hay de que tú y yo….? —No
pude terminar de justificar la barbaridad de tonterías que salían de mi boca ni
los ademanes que hacía para intentar remediar lo que había insinuado, ella me
callo con un beso inesperado.
Ella me había besado, enfrente de todos, sin aviso, sin
agua va, sin ni siquiera una señal, solo me beso y el mundo se paralizo, se
fundió en negro y solo existía ella y yo.
Un
beso en la mejilla tan cerca de nuestras bocas que si tan solo me hubiera
movido un milímetro más nuestros labios hubieran compartido el mismo
espacio.
Cuando
se separó de mi yo seguí petrificado, con el corazón a mil por hora y el aroma
de su piel tatuado en la mía. Ella me miro y rio otro poco ahora una risa
genuina sin duda y yo era el causante de ella, mi cara de estúpido le había
dado risa.
—Solo
quería agradecerte por dejarme ganar hoy — Dijo y me guiño el ojo, yo no supe
que decir, solo seguí ahí parado mientras el mundo volvía en sí y escuchaba
vitoreo a mí alrededor que no pude entender hasta que tomo de la mano a su
amiga y salieron de ahí corriendo.
Apenas
pude embozar una sonrisa victoriosa y disfrutar de ese momento de gloria cuando
Javier se colgó de mi pasando su brazo por mi cuello y dándome palmaditas en el
pecho
—
¡Eso campeón!— Me felicito pero luego su tono de voz campeón —Me alegro por ti,
ya diste el primer paso, de manera caótica pero bueno. Ahora solo te recuerdo
que con esto. Uriel ahora si va matarte. ¡Coréele wey!
Y
eso hice.
Salí
corriendo como alma que lleva el diablo y detrás de mí, el diablo con sus
compinches.
Me
sentía eufórico y en mi mente empezó a sonar uno, dos, tres de motel.
Estaba
en la gloria, huyendo por mi vida pero en la gloria, sin duda.
CAPÍTULO
7
Hubo un silencio
arrasador. La pregunta había salido de su boca sin filtro. Y ahora se
arrepentía incluso de decidir tomar el elevador.
Marina no respondió de inmediato, solo se quedó callada,
casi ausente, en otro mundo.
La distancia no solo eran los años que habían pasado
desde su último adiós, un adiós desgarrador para ambos. “El adiós definitivo” lo llamo él.
Emiliano trago saliva e intento decir algo pero Marina lo
interrumpió.
— No— Dijo quebro el silencio. Luego dio un paso hacia
atrás y rompió en una risa.
El paramédico no supo muy bien cómo reaccionar. Irónico,
usualmente sabía cómo actuar en situaciones de suma tensión. Pero no ahora. No
con ella. Marina era una mujer hermosa sin duda, una belleza tan viva y
arrasadora casi como sus estados de ánimos, sus pensamientos y decisiones.
Con ella jamás podía ir a lo seguro. Era una montaña rusa
de emociones que aun en ese momento, le llamo la atención.
—Es increíble ¿no? — Empezó a decir con cierta seguridad
de que aquel encuentro iba a ser una gran anécdota que contar a futuro. Pero la
chica levanto la mano, la meneo de lado a lado con fuerza, casi como si
quisiera borrar a Emiliano con un borrador invisible en una libreta escolar.
—No, no, no— Siguió diciendo ahora casi con cierta
histeria, entre risas y negación hiriente.
Emiliano
dio un paso adelante, sabiendo que algo estaba yendo mal. No era una reacción
típica de reencuentro que esperaría. Tampoco es que esperara un reencuentro que
festejar con paste, espuma y confeti. Al
menos hubiera esperado una reacción más ¿alegre? No, no podría ser así tampoco,
su último encuentro fue todo heridas y reclamos. Fue un duelo a tirar a matar.
Matar lo que ambos sentían por el otro.
—¡No
te acerques!— Le indico ella casi como una orden de alguien que está a punto de
jalar el gatillo de una pistola que apunta justo a quemar ropa, ahí donde el
corazón late a mil por hora.
Emiliano
se detuvo y alzo las manos para mostrar que iba indefenso.
—Marina…
— Dijo con tranquilidad, aunque por dentro sentía una mezcla de miedo y
adrenalina
—
¡Marina nada! —Lo detuvo de golpe, tanto física como mentalmente — Esto es una
maldita broma, claro, solo a ti se te ocurre algo así —Lo acuso — Tu mente
retorcida orquesto todo esto ¿no? Solo a ti se te ocurre hacerte pasar por
paramédico y armar este teatro, como tus historias y comics, apuesto a que
Javier está detrás de todo esto — La primera señal salió a la luz, Marina dio
dos pasos hacia atrás mientras mantenía con la mano la distancia entre Emiliano
y ella, hasta topar con la pared, lo cual le hizo exaltarse, casi como si
alguien cortara de golpe su única ruta de salida.
Intento
deslizarse hacia un lado sin quitarle la vista de encima al -chico, pero el
espacio era muy reducido. No había salida. Emiliano intento acercarse con
cautela, sabía lo que venía a continuación.
—Marina,
necesitas tranquilizarte—Su tono de voz cambio. Ya no había señal de torpeza o
miedo, ahora tenía firmeza en ella. —Escúchame, sé que esto es una locura, pero
debes de tranquilizarte.
—Tú eres el
loco—Se quejó, encogiéndose poco a poco en una de las esquinas del elevador.
Casi como si luchara con sus piernas una batalla a muerte por no ceder la
firmeza que le caracterizaba. Esa seguridad que era parte de su encanto —Tú
creaste todo esto ¿no? Encerrarnos en un elevador… ¡Qué gran idea Emi!
El sarcasmo le
dolió enserio. Que lo llamara “Emi” como antes, y de esa manera le revolvió el
estómago. Emiliano jamás había visto así a Marina.
La había conocido en todos sus estados de
ánimos, pero aquella escena superaba por muchos sus rabietas, sus berrinches y
enojo. —Marina, escúchame por favor, yo no planee nada de esto ¿Ok? Todo ha
sucedido por casualidad, yo trabajo aquí. De hecho, venia saliendo de una
guardia. Mira — Emiliano saco de su pantalón su credencial de identificación, la
mostro poniéndola a la altura de sus ojos para asegurarse de que ella la viera
— No tengo
tiempo ni siquiera de desayunar con mi novia en las mañanas, menos para hacer
un plan tan loco para que esto pasara. —Ahora no tienes tiempo para eso, pero
antes, seguro te sobraba ¿No?
Marina
contra atacaba cada palabra de Emiliano con cierta ira reprimida. Emiliano no
supo que decir para negar aquello, el Emiliano antes del 2017 seguro hubiera
pensado en casa cosa para crear una situación así, pero ahora, aunque quisiera,
su cuerpo y mente no podían pensar más allá de llegar a su departamento, cenar,
pasar una o dos horas con Clara y dormir mientras veía una película con ella.
—Mariana
—Volvió a hablarle, retomando la seguridad en su voz. En su formación, aprendió
que cuando un paciente la está pasando mal, no puedes mostrarte inseguro “Tu seguridad es la esperanza de tu
paciente” Emiliano actuó al recordar aquella frase.
Fue como si
algo dentro de él se activara de pronto. Se acercó con firmeza y agilidad,
Marina no pudo evitar que la tomara por los hombros y le ayudara a defender
hasta quedar en cuclillas en el suelo. El chico no le quito la mirada de
encima, analizaba cada gesto de ella para advertir su respuesta y anticiparse a
ellas.
—Lo repetiré
por última vez, yo no arme todo esto solo para reencontrarme contigo, solamente
paso. ¿Ok? — Guardo un breve momento de silencio, pero en cuanto sintió que
Marina volvería a hablar, se adelantó — Ahora, escúchame, estas teniendo una
crisis de ansiedad y te voy a ayudar con eso ¿De acuerdo?
Marina no
respondió, solo lo miro atentamente a los ojos, intentando descifrar al chico
que ahora tenía frete a ella. No era el Emiliano que conocía, al menos no el
que recordaba. Luego de un segundo asintió con la cabeza, dando su aprobación
Emiliano dejo de tomarla de los hombros y ahora le tomaba de las manos. Marina
sintió cierta aspereza en ellas que no recordaba.
—Necesito que
intentes respirar junto conmigo ¿De acuerdo? —Marina volvió a asentir. —De
acuerdo, aquí vamos… respira —Ambos respiraron profundamente — Retenlo por un
segundo, ahora exhala— Los dos soltaron el aire con lentitud. — Bien, vamos
bien, hagámoslo otra vez… uno—Marina y Emiliano continuaron respirando y
exhalando por un par de veces más —Bien, vamos bien.
Marina pudo
sentir como el pánico empezaba a pasar un poco, sentir la cercanía de Emiliano,
de este Emiliano, le resultaba familiar. Una calidez que ya no recordaba, que
ya no había sentido con nadie después de él.
—Ok,
hace un momento hablabas con alguien ¿Quieres que esa persona te venga a
buscar? —Se atrevió a preguntar sutilmente
—No—Respondió
ella casi sin voz
—Ok,
entiendo—Emiliano noto las manos de Marina temblorosas, un temblor tenue que
no. La crisis seguir ahí, activa pero débil. —Marina… ¿Aun cantas cierto?
La
mirada de la chica se fijó en él, una mirada confundida, como si no supiera a
que se refería el chico. Y la verdad es que no sabía a qué venia esa pregunta
en ese momento. Llevaba años sin cantar, incluso había dejado de soñar con
pisar un escenario. Ahora era otra mujer, una que se ocultaba en las letras que
componía y en las canciones que tarareaba en soledad. Cuando nadie la miraba.
—¿Sabes?
Cantar ayuda mucho a superar este tipo de eventos, ¿te gustaría cantar algo?
—Marina negó con la cabeza con lentitud y casi con miedo —Vamos, no me digas
que lo dejaste, era tu vida, tu sueño ser una cantante profesional ¿No es
cierto? —Emiliano sonrió, su nostalgia por esos días en las que escuchaba cantar
a la chica —Sé que eres buena cantando, la mejor que conozco.
Marina
bajo la mirada y llevo sus manos, aun sostenidas por las de él, hacia su cuerpo.
Reprimiendo aquellos recuerdos de quien solía ser.
—¿Marina?
—El chivo volvió a llevar sus manos hacia él. La chica levanto la vista
tratando de entender el por qué el seguía intentando ayudarla, cuando miro sus
labios empezar a tararear la canción
“A veces sé que si
Que pierdo la cabeza…”
Marina
reconoció la al momento, y jalo sus manos de nuevo hacia ella,
zafándose del agarre del chico. Fue un movimiento rápido, brusco, repentino. Aquello alarmo a Emiliano, toco alguna fibra
que volvía a ponerla en un estado de ansiedad severo.
—Ok,
ok, cambiemos de canción…—Emiliano guardo silencio en lo que pensaba en otra
forma de calmarla —Recuerdas “Detrás de
mí”
La
chica no se movió de su lugar, aún seguía con las rodillas el pecho y la cabeza
hundida entre los brazos. Emiliano respiro hondo y al ya no tenerla de las
manos decidió sentarse a un lado de ella.
“Tengo un ticket sin regreso
Y un montón de sueños dentro de un veliz…”
La chica
levanto un poco la cabeza, apenas para poder mirar de reojo al paramédico.
Sin duda era
el Emiliano que recordaba, leal, atento, incondicional… solo que físicamente
era otro. Su cuerpo, su forma de actuar, incluso su seguridad, eran algo que
desconocía hasta hoy. Por un momento al verlo a su lado, con el uniforme, la
espalda pegada la pared, con los ojos cerrados y la cabeza apuntando al techo,
recordó los días previos al kermes. Antes de darse cuenta que realmente sentí
algo por él, algo más allá de una amistad.
“Un adiós para mis viejos
Mucho miedo
Y muchas ganas de poder vivir”
Mientras lo
veía cantar se preguntó ¿Por qué elegía cantarle? Lo odiaba. Incluso en la
secundaria tuvo que rogar por que lo hiciera. Aunque claro, el solo había
entrado al club de música y teatro para estar con ella. Cantar jamás fue su
meta, pero era el único chico en el club y tuvo que aprender a hacerlo… por
ella...
“Abrir las alas para escapar sin fin”
Se animó ella
a decir en voz baja… el paramédico la escucho y torció una sonrisa victoriosa y
ella sonrió sutilmente.
“Para encontrar libertad
Lejos de aquí
Lejos de aquí”
Ahora ambos
cantaban, sin mirarse, sin ponerse de acuerdo con palabras, solo las emociones
y los recuerdos surgiendo, liberando a Marina de esa ansiedad que la había
abrazado súbitamente. Ahora se sentía un poco más libre, más segura… más ella.
“Una guitarra y mi niñez
La escuela y mi primera vez
Amigos que no he vuelto a ver
Se van quedando tras de mi”
Sus voces se
alzaron al unísono y retumbaron dentro de esas cuatro paredes, la energía, la
pasión en cada frase exploto como cañones de guerra, una guerra silenciosa que
ambos estaban librando en aquel momento. La ansiedad, los recuerdos, el
reencuentro. La catarsis se volvió música, se volvió un grito de ayuda y de
risas.
Exactamente
eso es lo que vino después, risas contenidas entre ambos, Marina ya no estaba encorvada
ocultándose más, ya no contenía su ser, ahora estaba a lado de él, con las
piernas extendidas y los brazos libres de sus propias ataduras.
Mientras
reían, la chica soltó un suspiro. Luego vino el llanto, y sin siquiera pensarlo
o controlar sus movimientos dejo caer su cabeza en el hombro del chico.
El llanto de
Marina fue incontrolable y Emiliano no deseo hacerlo estar en otro lado en ese
momento. Simplemente la dejo derramar todo ese sentimiento en su hombro
mientras en un acto de reflejo involuntario, busco su mano, la tomo y ella la
acepto entrelazando sus dedos con los de él.
